CÓMO MEJORAR LA CONDUCTA DE MI HIJO

RECOMENDACIONES DE LA DOCTORA DESCANSO

Los niños no siempre hacen lo que los padres queremos. Cuando un niño o niña se comporta mal, el padre o madre tiene que decidir cómo va a responder. Todos los niños necesitan reglas y expectativas para aprender el comportamiento apropiado.

Pero… ¿Cómo enseñar a nuestro hijo las reglas y qué debemos hacer como padres cuando éstas se rompen? Para la mayoría de los padres disciplina equivale al castigo; no obstante, la palabra disciplina significa realmente formar o enseñar, y combina tanto técnicas positivas como negativas.

Cuando se disciplina a los niños, se les enseña a comportarse. Se les dan instrucciones antes de pedirles que intenten poner algo en práctica. Entonces, nosotros como padres, nos convertimos en modelos de comportamiento para ellos, enseñándoles y señalándoles una y otra vez aquello que están haciendo correctamente, y cuando es necesario, lo que no hacen bien.

De esta manera, la disciplina eficaz es señalar: «Eso está bien» y  «Eso no está bien», así como ignorar algunas conductas en determinados momentos, y prestar atención a otras. Y a veces se trata de permitir que se produzcan consecuencias negativas naturales de su conducta cuando ésta no es la que los padres quieren. Los «síes» son muchas veces más importantes que los «noes» porque con el sí el niño sabrá cuándo se está comportando tal como los padres desean.

El ser padre o madre no se completa en un día y la disciplina no es un esfuerzo intermitente. En ambos casos se trata de esfuerzos constantes y consecuentes siendo, al mismo tiempo, eficaces y afectuosos con el niño.

Ahora bien, aunque existen diferentes estilos de ejercer la paternidad, las investigaciones indican que los padres efectivos crían hijos bien ajustados que son más auto-dependientes, auto-controlados y positivamente curiosos que aquellos niños criados por padres que castigan, son demasiado estrictos (autoritarios) o que les permiten todo. Los padres efectivos operan bajo la creencia de que tanto los niños como los padres tienen ciertos derechos y que las necesidades de ambos son importantes. Los padres efectivos no necesitan hacer uso de la fuerza física para disciplinar al niño, sino que son los que establecen reglas claras y les explican por qué esas reglas son importantes. Los padres efectivos razonan con sus hijos y consideran sus puntos de vista aunque no estén de acuerdo con ellos.

Pero ¿cómo lograr ser padres efectivos?

  1. Establecer límites a las conductas de nuestros hijos: Hablar no es todo; los niños necesitan conocer los límites para su conducta y normalmente no es suficiente una mera explicación. Se deben fijar metas según la edad, personalidad, habilidades, sexo y desarrollo del niño. Los niños no pasan todos por las mismas etapas a las mismas edades, ni son igualmente maleables, y puesto que cada padre es el que mejor conoce a su hijo, debe fiarse de sus propios juicios y de su instinto. Para ello, en primer lugar se debe:
  2. Definir el problema: Antes de hacer cambios hay que saber qué es lo que se desea cambiar. No sirve de nada etiquetar a un niño como irritante, rebelde, ya que dichas etiquetas son generalidades y no se puede cambiar algo tan poco definido. Además, no se trata de cambiar a todo el niño, sino solamente su conducta o actitud. Entonces, hay que ser específicos, y no dejarnos llevar por los sentimientos. ¿Qué es exactamente lo que nuestro hijo o hija hace o no hace repetidas veces y que te disgusta? ¿Qué es exactamente lo que quisieras que hiciera más o menos a menudo? Toma una hoja de papel y divídela verticalmente por la mitad. Escribe en la parte superior de una mitad “Menos veces” y de la otra mitad “Más a menudo”. En la primera columna haz una lista de comportamientos o hábitos específicos que quisieras que tu niño o niña hiciera menos; en la segunda columna, escribe el reverso o paralelo de estas conductas, las que se pretenden conseguir más a menudo. Cada punto debe tener su paralelo. Por ejemplo:
MENOS VECES MÁS VECES
Ser respondón Habla con respeto
Tener su habitación tirada
y sin recoger
Poner la ropa sucia en la
canasta

3. Enfocar los problemas uno por uno: Una vez se haya decidido exactamente qué comportamientos del niño se desean cambiar, puede surgir la tentación de abordar todos los problemas presentados a la vez. Hay que resistir este impulso y centrarse en cada problema, uno por uno, resolviendo uno antes de pasar al siguiente.

Se debe escoger uno cualquiera para empezar a trabajar. Al hacer la selección, puede que se elija un comportamiento difícil o uno que sea muy preocupante. Esto está bien, aunque a veces es conveniente empezar por un problema menos significativo que pueda resolverse con rapidez para que todo el mundo comience con una sensación de éxito. En las semanas o meses que siguen, a medida que se va avanzando en la lista, es posible que haya una tendencia al cambio de prioridades. Surgen nuevos problemas y otros desaparecen o parecen menos importantes. Pero lo importante, es que cada cambio causará un efecto sobre la conducta general del niño en un sentido positivo. Cada cambio supone un paso más para conseguir un niño más cooperador. Debe procederse paso a paso. Las normas antiguas cambiarán. Y comprobarás que tanto tú como el niño se encontrarán mejor consigo mismos y el uno con el otro.

  • Ser modesto(a): pues rara vez se soluciona el “problema” de la noche a la mañana. Los cambios, tanto en los niños como en los adultos tienden a producirse lentamente y por etapas. Si un niño que antes se negaba a hacer las tareas empieza a hacerlos diez minutos al día, debes alegrarte y demostrarlo. Es mucho más productivo que ambos estén encantados con pequeños signos de progreso a que se desilusionen cuando no se cumplan expectativas demasiado exigentes.
  • Ser consecuente y constante para conseguir el éxito final en el cambio de la conducta de un niño. Pensar lo que se dice, decir lo que se piensa, y asegurarse de que todos digan lo mismo. Se ha visto que los padres tienden a abandonar demasiado pronto, y sus hijos lo saben. Unos padres inconstantes no imponen autoridad y sus hijos no respetan sus peticiones porque saben que no necesitan hacerlo.

Para ayudar  a ser constantes, es conveniente medir y apuntar los cambios. Muchas veces los cambios son menos evidentes de lo que se espera, pero ahí están. Si el niño hace berrinches, por ejemplo, es útil tomar nota de su frecuencia y duración. Al notar un progreso, será más fácil continuar lo que se esté haciendo.

  • Ser positivo: No todo lo que hacen nuestros hijos resulta desagradable, sólo algunos comportamientos irritan y frustran. Trabaja sobre dichos comportamientos uno por uno. Mientras tanto, asegúrate de que tu niño sabe que lo quieres y recuérdale esto cuando se está comportando correctamente. Con un comentario positivo se consigue mucho más que con cualquier crítica. Los pequeños, sea cual sea su edad o etapa, quieren desesperadamente la aprobación de sus padres (aunque hay que admitir que a veces es difícil de detectar).
  • Hacerle saber al niño lo que se espera de él: Después de seleccionar el comportamiento que se desea cambiar y elegir una estrategia o solución entre las que se ofrecen, se debe encontrar un momento tranquilo para explicarle al niño lo que va a ocurrir, de manera que lo pueda comprender, pues se ha comprobado que a menudo los padres hablan a sus hijos en términos adultos, lo que significa muy poco en especial si nuestros hijos o hijas con  pequeños. Evita lo abstracto y concéntrate en las cosas concretas. Dile exactamente lo que va a hacer y lo que se espera de él: Juan, a partir de hoy vamos a dedicarnos a que te acostumbres a recoger tu ropa sucia, metiéndola en el cesto de la ropa sucia.

Ahora bien, ya comprendiendo y aplicando lo anterior día a día, ¿qué Técnicas son efectivas para el control de la conducta?

  1. ELOGIAR: debemos recordar siempre que la crítica constante combinada con pocos elogios tiene, generalmente, efectos perjudiciales. Un niño requiere la atención de los padres y la conseguirá como sea. Si el modo de enfocarlo es inadecuado, entonces el niño usará medios inadecuados para llegar a sus padres. Si te concentras en los hechos positivos,  conseguirás una mejor conducta como respuesta porque de este modo el niño obtendrá más atención.  Ahora bien, si no estás acostumbrado a elogiarlo, puede resultar difícil al principio. Pero cuanto más se aplique más natural y fácil será. En seguida comprobarás que los elogios son una influencia tan poderosa que sólo con unos pocos días se puede lograr una nueva conducta.

También, se sabe por experiencia que son más los niños que no reciben bastantes elogios que los que reciben demasiados, y se sabe que los elogios pueden hacer milagros. Pero ¿cómo lograr que el elogio es una técnica de disciplina netamente eficaz? Primero que nada debes centrar tu atención en lo que tu niño hace bien más que en lo que hace mal. Entonces, para que esta poderosa herramienta sea eficaz debes:

  • Elogiar el comportamiento y no la personalidad: describir su personalidad es un círculo vicioso que no conduce a ningún sitio. Puede cambiarse su conducta, pero la personalidad es más resistente a los cambios. Si se centran los esfuerzos en la conducta, es mucho más probable que se pueda llegar a la meta propuesta. No se debe decir, «¡Eres una niña buena!» que conlleva el mensaje de que el objetivo es ser bueno siempre, lo cual es una expectativa imposible de cumplir. En lugar de esto se debe decir <Me gusta cómo has hablado a la abuela>. Por muchas veces que se diga «niño bueno» o «niña buena» el niño no se formará un concepto positivo de sí mismo, a no ser que tenga respuestas específicas a las propias conductas correctas, ya que la imagen de sí mismo está hecha de sus logros. Entonces, el modo más eficaz de formar una buena conducta es moldearla con elogios, y  Moldear con elogios es una herramienta educativa que debe usarse repetidamente para mostrar la aprobación de los comportamientos nuevamente establecidos del niño.
  • Usar elogios concretos: El propósito de elogiar es aumentar conductas deseables, de modo que es necesario hacer hincapié en qué conducta concreta se persigue. Cuanto más concreto sea el elogio, mejor comprenderá el niño qué es lo que hace bien y será más probable que lo repita. Es mejor decir: «Me gusta mucho cómo has hecho la cama esta mañana. Gracias». Cuando los padres tienen dificultades para manifestar algo positivo de su hijo, se les pide que mantengan un registro de buenas conductas, donde apuntarán todo lo que el niño hace correctamente. Al utilizar esta técnica, se deben compartir las notas con el niño al final del día. Es una buena manera de hablar de los acontecimientos del día y hará bien tanto a los padres como al niño.
  • Elogiar los adelantos: Se debe empezar a elogiar cada pequeño paso dado hacia la conducta deseada, procurando atrapar al niño en un buen comportamiento. Supongamos que le ha dicho al niño que tiene que recoger sus juguetes cuando haya terminado de jugar con ellos, aunque nunca lo haya hecho antes. Elogie cada progreso, por pequeño que sea. Al principio se le elogiará por recoger un juguete aunque los demás sigan en el suelo. Se podría decir: «Está muy bien que recojas tu camión y lo pongas en la caja de juguetes. Te voy a ayudar a que recojas los demás». La próxima vez, se le puede elogiar por recoger dos juguetes, etc. O supongamos que el niño está acostumbrado a que se le atienda enseguida y no deja terminar una conversación telefónica sin interrumpir. La primera vez que espere treinta segundos, es bueno hacer una pausa en la conversación y darle las gracias por no interrumpir. Hay que responder al niño antes de seguir hablando. A la siguiente oportunidad, se debería esperar un poco más antes de hacer la pausa para darle las gracias a fin de que su espera sea «moldeada». Es mejor empezar con objetivos modestos a fin de alcanzar la meta propuesta. Cuando el nuevo comportamiento esté bien establecido, se necesitarán menos elogios para mantenerlo. No es necesario continuar elogiando al niño constantemente. Es mejor elogiarle de vez en cuando, quizás cada quinta o décima vez que actúe apropiadamente. Esto será suficiente para ir reforzando la nueva conducta y pronto se hará natural para ambos. No obstante, no suprima nunca los elogios de forma radical.
  • Elogiar adecuadamente: para suscitar la respuesta requerida, el elogio debe ser adecuado. Abrazos, besos y otras señales físicas de afecto junto con las palabras correspondientes son muy eficaces. Sin embargo, a algunos niños un poco más mayores les gusta ser elogiados discretamente y en ese caso es mejor mantener una cuenta silenciosa o usar signos secretos especiales. Un guiño o levantar el pulgar le indicará, sin llamar la atención excesivamente, que se ha notado su comportamiento. Más tarde, hay que manifestarle lo bien que lo ha hecho.

Muchos niños mayores aceptan comentarios simpáticos, más que elogios directos. Decir. «Me pregunto qué brigada de limpieza ha pasado por aquí» puede ser mejor acogido por un preadolescente que decir: «Has hecho la cama realmente bien y has limpiado maravillosamente». Entonces, si el niño parece no dar importancia a los comentarios paternos pero más adelante repite el buen comportamiento, estás comprobando que esta forma de elogiar es eficaz.

Hay que recordar que todo el mundo se cansa de las cosas buenas si se tienen demasiadas. Las mismas frases utilizadas una y otra vez perderán su efecto. Hay que ser creativo. Pequeñas notas dejadas debajo de una almohada o en una cartera pueden ser más especiales. También puede serlo que el niño oiga que usted le elogia delante de un amigo. Para realzarlo más, se pueden acompañar los elogios de un premio. Dígale a su hijo qué es lo que le ha gustado y prémielo con un pequeño regalo, pero reserve las sorpresas para ocasiones especiales para que no se acostumbre.

  • Elogiar inmediatamente: Los elogios son más eficaces, especialmente en niños muy pequeños, cuando se producen pronto. No debe pasar demasiado tiempo entre el comportamiento positivo del niño y la respuesta paterna, aunque los niños más mayores pueden apreciar el reconocimiento posterior. El espacio entre la acción de un niño y la respuesta del padre se puede llenar con un gesto si es necesario, y si se escribe en el diario de la buena conducta se puede convertir en una señal privada entre ambos. Al anotar lo que el niño está haciendo correctamente y enseñarle el diario, es conveniente decirle algo, como por ejemplo, «Me alegro de ver que estás compartiendo el papel con tu hermana». Más adelante, se puede hacer la cuenta sin largos comentarios escritos, y a la larga la cuenta se puede convertir en una señal de elogio silencioso en el aire, lo que le dará un sentido personal.
  • Combinar elogios con amor incondicional: A los niños les encanta conseguir elogios de sus padres cuando esos son los únicos momentos en los que consiguen que se les preste atención. Algunos padres se preocupan pensando que sus hijos se comportarán bien sólo si reciben el reconocimiento. Cuando se trabaja para establecer un nuevo comportamiento, es necesario elogiar constantemente al principio, y luego reducir los elogios gradualmente. Una vez que el niño lo ha aprendido, se debe elogiar sólo de vez en cuando. De todos modos no es posible estar presente cada vez que el niño hace algo correctamente. Cada vez que se hagan comentarios concretos y positivos sobre su conducta, el niño tendrá una visión positiva de sí mismo, y se sentirá más seguro. Al mismo tiempo el niño debe saber que se le valora y se le quiere incondicionalmente. aun cuando no se esté trabajando para mejorar su conducta. Abrácele, préstele atención, escúchele, apréciele. Esto garantiza al niño que no necesita «ganarse» su amor porque ya lo tiene.
  • IGNORAR Un modo eficaz de eliminar comportamientos específicos que irritan es simplemente ignorarlos. Puede que al aplicar esta técnica le parezca que no está haciendo nada en absoluto para cambiar las cosas, pero comprobará cómo al ignorar sistemáticamente ciertos comportamientos, y actuando como si no existieran, se consiguen resultados asombrosos. Cuando quieren, los niños hacen cualquier cosa para conseguir la atención total e inmediata de sus padres. Saben exactamente lo que más les puede alterar o irritar especialmente en los momentos más delicados, en el recibidor de la casa justamente cuando llegan los invitados, por ejemplo, o cuando se está hablando por teléfono o en la caja del supermercado. Si se puede ignorar el comportamiento irritante cada vez que se produzca, el niño dejará de actuar de ese modo, pues no obtiene los resultados que busca.

La ignorancia sistemática es el arte de ignorar los comportamientos que desagradan y prestar atención positiva a los que agradan. Nunca se debe hacer una cosa sin la otra. Sin embargo, antes de intentar esta estrategia, valore usted el comportamiento y decida si se puede ignorar sin problemas. Es evidente que no se pueden ignorar conductas peligrosas como correr por la carretera o subirse al refrigerador y tampoco se pueden ignorar acciones intolerables como pegar y morder. La ignorancia sistemática es una técnica que utilizan sólo algunos padres eficazmente. En otros, sólo se consigue aumentar la tensión porque su capacidad para ignorar es demasiado baja. Si éste es su caso, puede intentar alguna otra de las soluciones que se ofrecen para tratar el problema.

De esta manera, para que la ignorancia sistemática sea efectiva, se debe:

  • Decidir lo que se puede y lo que no se puede ignorar Si un niño arroja objetos pesados o juega con enchufes, no se puede ignorar este modo de actuar. Los padres no deben empezar con algo que no van a ser capaces de ignorar durante mucho rato; es preferible no empezar. La mayoría de los comportamientos empeoran antes que mejorar. Hay que preguntarse: « ¿Qué es lo peor que puede ocurrir?» « ¿Podré soportarlo?» ¿Podrá la madre aguantar los gritos de su hijo en el supermercado pidiendo donuts mientras el público se vuelve a mirarla con muestras de indignación ante su dureza? Si el niño dice palabrotas delante de la abuela, ¿será capaz el padre de hacerse el sordo? Si no, es mejor elegir otra opción para hacer frente a este comportamiento.

La ignorancia es particularmente eficaz en conductas que han sido previamente alimentadas por la atención del padre y no funcionará bien con aquellas conductas que sean normales a ciertas edades o en etapas de desarrollo. La mayoría de los niños de dos o tres años hacen berrinches, y por mucho que se ignoren, es poco realista esperar que desaparezcan. No obstante la ignorancia sistemática de las primeras rabietas reducirá su persistencia más tarde.

La ignorancia funciona bien normalmente para detener un comportamiento que siempre ha provocado la atención y ha permitido al niño salirse con la suya con anterioridad. Los berrinches son un buen ejemplo: Tu hijo quiere un caramelo y tú le dices, «No. ahora no». Llora, se cae al suelo, patalea y grita. Tú intentas resistir, pero al final no lo soportas más y te rindes. Le das el caramelo para detener el berrinche. Las lágrimas se secan, su táctica ha funcionado. Has reforzado la dependencia del niño en los berrinches para el futuro. La próxima vez, en lugar de esto intenta salir de la habitación. Puede resultar sorprendente lo rápidamente que el niño deja de llorar.

  • No prestar atención al comportamiento indeseado: no se debe reaccionar al comportamiento indeseado de ninguna manera. No hay que decir nada al respecto. No se debe mirar al niño cuando esté actuando. No hay que mostrar ninguna expresión facial o hacer gestos como reacción a ello. Se debe mirar a otro sitio, hacer como si se estuviera ocupado en otra cosa, salir de la habitación. Si no se puede salir, hay que apartarse disimuladamente todo lo posible. Se debe continuar tanto tiempo como el niño prolongue su comportamiento. Esto no significa tratarlo fríamente, ya que esa es otra forma de atención. Tampoco hay que reírse como si tuviera gracia porque la actitud protectora le hará más desafiante. Simplemente se debe simular que se está tan concentrado en lo que se está haciendo que uno no se da cuenta de nada. Por ejemplo: Un niño solía meter la cabeza en el plato y llorar cuando no se le servía más de algo que le gustaba. Sus padres aprendieron a hablar entre ellos de lo sucio que estaba el candelabro o de sus planes para la cena, ignorando sus lloriqueos. Con el tiempo, cuando aprendió que no era probable que le dieran más comida en ese momento, el niño cogía su cuchara para comer otra cosa que hubiera en el plato. Actualmente, el hábito ha desaparecido.

Debes considere que cualquier intento del niño para captar tu atención es un signo de progreso, por lo que debes redoblar los esfuerzos por parecer indiferente. No responder, tararear, subir el volumen de la radio, mirar al techo, hablar con uno mismo de sus cosas, todos son medios eficaces de no prestar atención.

  • Esperar que los comportamientos empeoren antes de mejorar: cuando se empieza ignorando una mala conducta, el niño hará todo lo que pueda para atraer una atención a la que está acostumbrado. Incrementará la intensidad, volumen y frecuencia de sus actos hasta saber que obtendrá respuesta. Pero no hay que abandonar. No le dejes dar por sentado que sus travesuras van a llamar la atención, intenta llevar un registro del tiempo que duran, o cuenta las ocasiones en que se producen estas conductas para poder superarlas: ello será indicativo de los progresos que se hacen. Aunque los berrinches y las quejas parecen durar una eternidad, se pueden medir en segundos e incluso minutos. En el espacio de pocos días, se podrá comprobar cuándo la conducta se intensifica y cuándo va disminuyendo. Cuando compruebes que los quejidos duran diez minutos el día que no le diste una galleta a tu hijo, y sólo ocho minutos al día siguiente, te animarás a seguir con la táctica. Después de poco tiempo, el patalear porque no ha conseguido una galleta será sólo un recuerdo. Ten presente que cuanto más firme hayas sido y menos atención le hayas prestado a la conducta, menor será su duración.
  • Reforzar las conductas deseables: se puede activar la extinción de las conductas indeseables reforzando las buenas conductas con elogios y recompensas. Si se está intentando terminar con los lloriqueos, elogia a tu niño o niña inmediatamente si se pone a jugar con tranquilidad después de haber dejado de lloriquear. Acércate a él y demuestra interés en lo que hace. Si el lloriqueo comienza otra vez, ignóralo hasta que pare. Si está jugando con la comida y se ignora lo que está haciendo, préstale atención cuando tome el tenedor. Dile lo mucho que aprecias la forma en que está comiendo los chícharos. **En ocasiones, se pueden potenciar las conductas positivas dirigiendo la atención hacia el niño que se está portando bien, para que el que se está portando mal quiera imitarle. Por ejemplo, en un hogar en el que un niño se levanta continuamente de la mesa mientras los otros están sentados comiendo correctamente. Lo más apropiado es elogiar la conducta de los niños que están sentados correctamente y hacer caso omiso del ir de aquí para allá del otro. Pero si la táctica anima al que se porta mal, no se debe proseguir. Reserva esta táctica de todas formas porque en otra ocasión funcionará.
  • PREMIAR Las recompensas de conductas deseables actúan como refuerzos que hacen que el niño se sienta bien por lo que ha hecho y quiera hacer lo mismo más a menudo, lo motivan. Así como la primera vez que tu hijo dijo papá o mamá, reforzaste su conducta con sonrisas y caricias, él comprobó lo agradable que esto era. Su conducta inicial fue recompensada por los resultados. No obstante, no siempre es fácil la elección de una recompensa apropiada para las conductas correctas de un niño, por eso se debe preguntar a los niños más mayores qué les gusta para así tener la información necesaria, y también para poder seguir manteniendo el control de la selección. Para facilitar esto, se recomienda:
  • Hacer una lista de las preferencias de tu niño
  • Variar las recompensas: para que no pierdan su atractivo. El acostarse media hora más tarde puede ser una recompensa lógica por haber estado listo para ir a la escuela a tiempo y de buen humor.
  • Cumplir siempre: deben entregarse  siempre las recompensas inmediatamente, ya que  el incumplimiento o el retraso al entregar una recompensa prometida, suponen una traición. No se deben hacer promesas que no se pueden cumplir y tampoco haga cambios. Cuando el niño se gana una recompensa, los padres deben entregársela. El niño debe saber que se cumplirán las promesas.
  • Necesidad de dedicar tiempo: el modificar la conducta de un niño requiere tiempo y también la motivación adecuada. Al principio, hay que recompensar cualquier progreso, usando la recompensa para dar forma a la nueva conducta. Posteriormente. se requerirán menos esfuerzos para mantenerla.

Primero es muy importante que definas con exactitud lo que quieres que tu hijo haga más a menudo. Con la máxima precisión que sea posible, se debe definir qué debe hacer para obtener la recompensa. No hay que decir <debes ser más responsable> sino: «Por favor, hazte bien la cama por las mañanas». Después, recompensa los progresos iniciales con recompensas inmediatas o diarias. La capacidad del niño de adquirir premios debe ser el doble al inicio del plan. La primera vez que guarde correctamente sus juguetes, puede ser recompensado con una estampa, por ejemplo. Las medidas visuales son más importantes cuanto más pequeño es el niño. Incrementa gradualmente los requisitos, a medida que haya más progresos. Cuando ya haya obtenido varias recompensas, habrá que cambiar el criterio, para que tenga que ordenar dos o tres juguetes para obtener la recompensa. Con el tiempo, hay que ir incrementando lo que se espera del niño todavía más para dar forma a la conducta, pero no hay que hacer cambios demasiado rápidos.

También, debes ir eliminando gradualmente las recompensas diarias. Cuando se haya llegado a la conclusión que la nueva conducta ha quedado bien establecida, se han de disminuir lentamente las recompensas diarias, explicándolo en términos positivos. «Lo estás haciendo tan bien que no creo que necesites una sorpresa cada día. Ahora puedes ganar una sorpresa mayor al final de la semana». Con cada recompensa, incrementa el «precio», para que la próxima vez se tarde más tiempo en conseguirla, mientras que elogias y das ocasionalmente pequeñas recompensas para reforzar la nueva conducta. Cuando lo consideres oportuno puedes comenzar a dejar la fase de las recompensas para sustituirla por las consecuencias naturales y el reconocimiento, ya que estés seguro de que la nueva conducta se ha convertido en un hábito positivo. Por ejemplo, una consecuencia natural de haber aprendido a comportarse en la mesa sería la de dejar que el niño elija su restaurante favorito para acudir un día ya que tiene tan buenos modales en la mesa.

  • GRÁFICOS Los gráficos suponen una forma excelente de poner de manifiesto las nuevas conductas del niño de manera clara y simple. Para que sea eficaz un gráfico debe ser simple y de fácil lectura. Los gráficos no están pensados para complicar la vida a los padres y a los niños. Su objetivo es proporcionar un medio visual para trazar la conducta del niño. Como sugerencia, resulta muy alentador, el que el niño decore su propio gráfico con dibujos, pegatinas, o recortes. El gráfico puede tener una forma de lago que sea del agrado del niño, de la conducta que se está aprendiendo o bien de la recompensa para las que se está trabajando. Puede colocarse donde el niño quiera: en la cocina, en el espejo del dormitorio o escondido en un cajón. Cada gráfico debe ser parte de un sistema de obtención de recompensas a corto o a largo plazo. Para que su resultado sea óptimo, los gráficos deben seguir las siguientes líneas básicas:
  • Centrarse en una sola conducta (o conductas asociadas) cada vez Es imposible cambiarlo todo de golpe y el intentarlo agobiaría a todos los implicados. Tomar un problema cada vez, e ir añadiendo los otros de forma apropiada.
  • Hacer gráficos fáciles de usar, leer y mantener
  • Ser muy firme hasta que la conducta haya quedado establecida: hay que tener fe en el gráfico, no hay que olvidarlo ningún día, hay que reforzar la nueva conducta con muchos elogios y consecuencias naturales. Cuando el nuevo hábito haya quedado establecido, ir retirando las recompensas.
  • TÉCNICA DEL DISCO RAYADO No intentes razonar con un niño que rechaza el «no» como respuesta. Este niño ha aprendido que su perseverancia da resultados y que si él persiste los demás ceden al final. El repetir varias veces «Pero. ¿por qué no puedo?» puede convertirse en algo muy molesto, especialmente si ya se le ha contestado varias veces. No hay que enfadarse: esto conduce la mayoría de las veces a un sentimiento de culpa en lugar de al éxito. Tampoco hay que ceder. Si el ignorar no encaja con el carácter de algunos padres o si no es factible en ciertos momentos, hay que intentar la técnica del disco rayado. Esto significa que hay que responder con una versión adulta de la misma conducta. Es el caso del niño que está dando la lata porque quiere comer algo antes de la cena. En primer lugar no puede estar demasiado hambriento, y tampoco se le quiere dar nada para no estropear su apetito para la cena. Se le explica la decisión que se ha tomado de forma razonable una vez. Después, como respuesta a sus súplicas adicionales, se le repite lo mismo, de forma corta como, por ejemplo, «No comerás nada antes de la cena». No importa lo creativos que se vuelvan los argumentos del niño, repita sólo «No comerás nada antes de la cena». Esta técnica es más efectiva cuando se simula prestar poca atención a las quejas. Los padres deben continuar lo que estaban haciendo, cantando la respuesta cada vez que el niño ruegue de nuevo. Se obtienen resultados interesantes. El niño puede reaccionar primero enfadándose. Puede hacer un berrinche, gritar o quejarse. Pero sus peticiones irán disminuyendo porque se cansará de pedir y obtener siempre la misma respuesta.
  • CASTIGAR: Todos los padres tienen firmes opiniones sobre el castigo y todos, lo admitan o no, usan el castigo como una forma para enseñar al niño la conducta adecuada. Si se manda al niño a su habitación, se le restringe el tiempo para ver televisión, se le retira un juguete que adora o se exclama con firmeza ¡No! cuando un niño va  a hacer o hizo algo que no debía, se están empleando los principios del castigo para modificar conductas. Sería maravilloso poder educar a los niños utilizando sólo técnicas positivas, pero no siempre es posible. Para enseñarles patrones de conductas deseables, hay que hacer uso de las consecuencias positivas y negativas.

**El castigo no debe considerarse necesariamente como bueno o malo. Los expertos no están en contra de su aplicación. Están a favor del uso eficaz del castigo, con una buena técnica. Pero el castigo solo no produce los efectos deseados. Ello se debe a que es totalmente negativo. Enseña al niño lo que no debe hacer en lugar de lo que se debe hacer. Cuando se utiliza aislado, sin el equilibrio de refuerzos positivos para conductas adecuadas, no enseña al niño cómo reemplazar la mala conducta por otra más aceptable.

Por ejemplo: Marta de tres años, se sube a una silla para agarrar un vaso. Su madre la baja de la silla y le regaña por haber subido. Silvia se echa a llorar y dice «Ya no lo volveré a hacer, mamá». Esto es correcto de momento, pero ¿ha aprendido que hay tazas más abajo o que la próxima vez debe pedir ayuda? Aprendió lo que no debe hacer, pero no lo que debe hacer en el futuro.

**Además los efectos del castigo ocasional son buenos pero cuando se usa un castigo muy a menudo, pierde eficacia. Este es el clásico efecto de la adaptación y es una de las razones por las que no recomendamos el pegar como una forma de castigo.

Entonces, dado que el castigo es, a veces, una técnica necesaria, la cuestión que se plantea es cuándo y cómo usarlo. Se sugiere seguir los siguientes puntos básicos:

  • Elegir un castigo que reduzca la conducta no deseada: pues es solamente eficaz si hace que disminuya la probabilidad de que una conducta inapropiada se repita. Esto es especialmente cierto si recibe pocos elogios por sus acciones positivas. Si con el bofetón, el sermón, la prohibición o la retirada de juguetes o permisos no se consiguen resultados, no puede hablarse de castigo. Un ejemplo clásico es el de Enrique, de nueve años, a quien se le envió a su habitación por haber pegado a su hermana, en su habitación, jugó con sus juguetes y con el ordenador. Cuando su mamá fue a decirle que podía salir, estaba viendo a su héroe favorito en la televisión. No podía haberle importado menos que lo mandaran a su habitación. Al salir, volvió a pegar a su hermana por crearle problemas.
  • Observar los efectos que tiene el castigo: Si la conducta indeseada disminuye, entonces la consecuencia debe ser el castigo. Si no es así, no vale la pena repetir la acción. Hay que probar otra.
  • Usar el castigo con moderación: Si se usa el castigo demasiado a menudo, el niño se habitúa y deja de ser eficaz. Cualquier acción se verá debilitada con el abuso y no tendrá los efectos deseados cuando se necesite.
  • Usar el castigo combinado con técnicas positivas: Cuando escojas el castigo, asegúrate de que estás proporcionando también disciplina positiva, porque en sí mismo, el castigo no enseña a portarse bien. Para animar al niño a actuar de la forma deseada, se deben definir, enseñar y recompensar las conductas positivas que se quieren establecer. Por ejemplo: Si se castiga a un niño por correr de un lado a otro de la calle, hay que enseñarle también a pararse, mirar y escuchar antes de cruzar la calle y elogiarlo por quedarse en la banqueta o por mirar cuidadosamente antes de cruzar la calle. Esto hará que el castigo por comportamientos indeseados sea más eficaz.
  • No retrasar el castigo: Si vas a castigar a tu hijo, hazlo tan pronto como sea posible después de la mala conducta, porque las conductas se controlan mediante consecuencias inmediatas, así que no hay que esperar «hasta que venga papá». Ni esperar hasta la tarde, o hasta mañana, o la semana que viene. Todo castigo pierde su eficacia si se retrasa y el niño puede no relacionarlo con la mala conducta que lo causó.
  • Explicar siempre las consecuencias: El niño debe saber qué conductas le desagradan y lo que va a ocurrir si continúa perseverando. Explícale cuáles son las reglas y las consecuencias que seguirán si no las tiene en cuenta.
  • Ser firme: el castigo eficaz no es solamente repentino, sino que también es predecible. Debe darse siempre y en cada ocasión en que ocurra la mala conducta. Si se le ha dicho al niño que si tira un módulo de construcción lo perderá, se le debe quitar el módulo inmediatamente después de que lo haya tirado. No amenaces en vano, ni tampoco debes amenazar al niño con castigarle y luego no seguir adelante. No hay que darle una segunda, tercera, décima oportunidad antes de entrar en acción. Se debe decir lo que se va a hacer y hacer lo que se ha dicho en todas las ocasiones. La falta de consistencia y las amenazas vanas conducen a la mala conducta, que se convierte en más firme y más resistente al cambio.
  • Dar una oportunidad para la buena conducta: El efecto inmediato del castigo es enseñar al niño lo que es correcto, pero hay que darle la oportunidad de que demuestre lo que ha aprendido. Los castigos prolongados no permiten que se dé esto último. Por ejemplo, tomemos el caso de volver a casa después de salir a jugar o pasear. El niño llega tarde a casa cada noche o ha ignorado diversas llamadas para entrar en casa a cenar. Tú enojado, no lo dejas salir durante un mes. Durante este mes, el niño no puede demostrar que ha aprendido a entrar en casa o a responder a las llamadas. Puede estar tan resentido por el castigo, que se escape o actúe como un animal enjaulado. En cambio, se le castiga teniendo que ir directamente de la escuela a casa durante dos días entonces tiene la oportunidad de demostrar que ha aprendido las reglas. A lo largo de un mes tiene muchas oportunidades para volver a ganarse la confianza de los padres.
  • Como principio general, no se recomienda el castigo físico, pero existen algunas excepciones aisladas. Si, por ejemplo un niño de dos años quiere meter un objeto metálico dentro de una toma de corriente, se debe gritar ¡No!, agarrar el objeto metálico y darle al niño un pequeño golpe en las manos. Para los niños que todavía gatean, esto es mucho más eficaz que una conferencia sobre los peligros de la electricidad. Una actitud alternativa, realmente más eficaz con algunos niños, es seguir sujetando la mano del niño al tiempo que se le dice ¡No! enfáticamente. La restricción momentánea funciona bien a menudo con niños pequeños. También es una buena alternativa cuando los padres están tan frustrados que se dan cuenta de que pueden perder los estribos y pegar al niño con demasiada fuerza.
  • Nunca se debe aplicar el castigo físico en un estado de ira: Si se decide pegar al niño, hay que hacerlo como una elección consciente en vez de como una respuesta emocional del momento. La acción del padre debe ser breve, con propósito y controlada. Se cree que los límites del castigo físico deben ser un apretón en el brazo, un jalón de orejas, o una nalgada con la mano abierta. Cualquier cosa que sobrepase ese límite podría llegar a ser peligrosa. Nunca se deben usar cinturones, varas, o cualquier otro objeto para pegar a un niño. En su lugar, se deben intentar las técnicas de control no físico como son la de ponerle de cara a la pared, la sobrecorrección y otras formas de castigo como las restricciones y supresión de privilegios u objetos. Hay que recordar siempre que las mejores técnicas de disciplina incluyen consecuencias tanto positivas como negativas previstas como forma de cambiar una conducta.
  • MANDAR AL RINCÓN (TIEMPO FUERA): La mayoría de las técnicas no son nuevas. La del rincón lleva mucho tiempo utilizándose. Se utiliza también con otros nombres, como tiempo fuera o fuera de juego. En términos prácticos, significa apartar al niño de una actividad o situación para que no pueda tomar parte en esa actividad o recibir elogios y atención, al mismo tiempo que puede reflexionar sobre lo ocurrido. Como técnica de castigo, puede ser muy eficaz si se utiliza correctamente, incorporando los siguientes pasos en el plan:
  • Elegir cuidadosamente el rincón o fuera de juego: el niño tiene que sentir que le falta algo mejor de lo que está experimentando en el rincón. Por lo tanto, el lugar debe ser un sitio aburrido -no cruel, oscuro, o tenebroso- simplemente aburrido. Un «rincón de meditación» funcionará también, si está apartado de la zona principal de la actividad familiar.
  • Explicarle al niño las reglas de estar en el rincón o de cara a la pared: en un momento tranquilo antes de tener que usar esta técnica, se debe decir que se le mandará al rincón si continúa desobedeciendo y explicarle que esto le ayudará a romper con este hábito. Al principio se debe aplicar el mandarle al rincón solamente para un comportamiento. Cuando haya cambiado dicho comportamiento, úsalo para otro. Si se usa para muchos comportamientos incorrectos al mismo tiempo, el niño se confundirá, preguntándose por qué está en el rincón en ese momento. Además, el tiempo en el rincón, como cualquier técnica de castigo, pierde su eficacia al utilizarla demasiadas voces.
  • Asignar un tiempo máximo para el rincón según la edad del niño, un minuto por cada año de edad. Largos periodos de tiempo en una habitación o semana de encierro resultan inútiles, ya que provocan resentimientos en el niño y no mejoran el comportamiento. Un periodo de aislamiento corto normalmente funciona bien y dura sólo pocos minutos. Un niño tiene que estar en el rincón tantos minutos como años tenga. Para un niño este es un largo periodo de tiempo sin hacer nada. Interrumpe su actividad, pero al mismo tiempo le proporciona la oportunidad de serenarse y de dejar de hacer aquello por lo cual ha sido enviado al rincón
  • Añadir minutos si hay resistencia: Un periodo de tiempo más corto también da ventaja a los padres. Si se tienen dificultades para poner al niño en el rincón o para mantenerlo allí, se debe añadir un minuto de tiempo por cada instante de resistencia. Si Luis se niega a ir al rincón, se le debe llevar allí y decirle, «Ahora es un minuto más». Vigílele si es necesario. Si se va sin permiso, se le debe volver a llevar y castigarle con otro minuto. Únicamente, intenta no sobrepasar las tres penalizaciones de un minuto, ya que en esta etapa será más eficaz añadir otra consecuencia.
  • Añadir consecuencias de apoyo para la resistencia excesiva: Si se llega a un punto en el que es necesario un apoyo para las palabras y acciones paternas, se puede informar al niño de que, si no cumple su tiempo en el rincón, perderá su juguete favorito o un privilegio durante unos días y se consecuente. A menudo, la resistencia se hará menor al saber que existe una consecuencia de apoyo.
  • Utilizar el reloj pues se deben controlar los minutos que pasan, con un reloj que haga ruido al finalizar, mejor. Dile cuánto tiempo debe quedarse en el rincón y que cuando suene el timbre puede regresar si se ha tranquilizado. Si se ha añadido tiempo, volver a poner el minutero. Si todavía no se ha tranquilizado cuando se haya cumplido el tiempo, no permita que se vaya hasta que se haya controlado.
  • No permitir que el tiempo fuera de juego (en el rincón) se convierta en una manera de evitar responsabilidades Cuando el tiempo se cumpla, se debe hacer que el niño haga lo que se le pidió que hiciera antes de comenzar el tiempo fuera de juego o que adopte el comportamiento apropiado. Cuando coopere, se le debe elogiar cálidamente.
  • Adoptar el procedimiento para niños más mayores Aunque el tiempo fuera de juego o en el rincón funciona mejor con niños de edades entre dos y doce años aproximadamente, los mismos principios se aplican para el encierro en casa u otras formas de tiempo fuera de juego más apropiadas para niños mayores. Breves períodos de encierro o aislamiento son mejores que semanas o meses y siempre pueden ser reactivados si el niño cae en sus antiguos hábitos. Por ejemplo, si bajan las calificaciones de su hijo adolescente, se le puede castigar en la casa durante unos días hasta que muestre que está estudiando más y más constantemente. Si flojea una vez que se haya levantado el castigo, se puede volver a aplicar. Si el niño abusa del teléfono, se le puede prohibir que haga o reciba llamadas esa noche. A la noche siguiente se pueden restablecer las reglas para el uso del teléfono y lo puede intentar de nuevo. Cuanto más corto sea el periodo de castigo, más motivado está el niño y más justo le parecerá éste.
  • SOBRECORRECCIÓN un potente conjunto de técnicas preparado para acabar con los comportamientos indeseables persistentes. Utiliza consecuencias naturales para romper con los malos hábitos y para enseñar comportamientos apropiados al mismo tiempo. Es una alternativa extremadamente eficaz en lugar de gritar, regañar, pegar o cualquier otro castigo que se utilice para tratar de hacer que los comportamientos desagradables o difíciles se conviertan en aceptables. Funciona bien para comportamientos irritantes comunes y hábitos nerviosos graves e incluso en comportamientos agresivos y posiblemente dañinos. Cuando se utiliza la sobrecorrección, se obliga al niño a “deshacer” el perjuicio que ha causado y después se le hace practicar (practicar y practicar) la manera correcta de realizar la tarea o lo que se le pida. El niño repite el «antídoto» hasta el punto que no quiere repetir más el comportamiento indeseable. Mientras tanto el padre debe ignorar la resistencia, los llantos, las rabietas y seguir firme hasta el final. Puede que esto no resulte fácil, pero es esencial.

**Por ejemplo: El niño dibuja en la pared por enésima vez. Se le debe decir que la pared está sucia a causa de los garabatos y que «alguien» tiene que limpiarla para que quede bien otra vez. Dale al niño los materiales de limpieza adecuados y supervise el proceso de limpieza. Después explícale que la zona limpiada ha quedado más clara que el resto de la pared, de modo que hay que limpiar esa parte también (dentro de lo razonable, por supuesto). Si el niño se niega, debes decirle tranquila pero firmemente que comprendes cómo se siente pero que es evidente que no ha sabido limpiarla lo bastante bien y que le enseñarás con agrado cómo hacerlo. Tomas su mano y la guías manualmente, incluso aunque se resista o se queje. Cuando la zona está limpia, debes preguntarle que muestre cuál es el lugar para dibujar. Si vuelve a escribir en la pared, repites todo el proceso una vez más: ¡Oh no! La pared está sucia otra vez. Necesitas más práctica en limpiar paredes, cuando termines puedes enseñarme dónde se puede dibujar otra vez». En la mayoría de los casos, ésta es suficiente motivación para que hasta los niños más rebeldes dejen de escribir en las paredes.

Esta técnica es eficaz tanto con niños pequeños como con más mayores.  Pero ¿cómo aplicar esta técnica paso a paso?

a. Obligar al niño a deshacer o corregir el daño social o físico: Ejemplos: limpiar la pared, recoger la ropa del suelo, pedir disculpas por morder.

b. Obligar al niño a practicar comportamientos positivos Por ejemplo, si no entra en casa cuando se le llama, oblíguele a salir fuera y esperar allí a que se le llame durante diez veces consecutivas. Repetir esto desde varios lugares y direcciones del patio.

c. Supervisar la sesión de prácticas: Esto puede requerir un tiempo, pero la inversión merece la pena.

d. Utilizar las manos para guiarle si es necesario Si el niño se resiste a practicar, hay que ayudarle a realizar las acciones correctas con las manos. Si no quiere recoger los juguetes, tómele las manos y guíelas como si fueran las de un robot, recogiendo los juguetes y depositándolos en el lugar correcto. Se deben ignorar llantos, berrinches o resistencias. Manténgase tranquilo pero firme hasta que la tarea termine o el niño empiece a hacerlo solo.

e. Elogiar y reforzar la obediencia: A medida que el niño empiece a comportarse mejor y se necesite menos práctica, hay que hacerle saber lo bien que lo está haciendo. Elogia en abundancia. Dale una pequeña recompensa por sus progresos.

Ahora bien, habiendo conocido ya las técnicas más efectivas para controlar y modificar la conducta de nuestros hijos, surge ahora una duda…

 ¿CÓMO LOGRAR UNA AUTORIDAD POSITIVA? Tener autoridad, que no autoritarismo, es básico para la educación de nuestros hijos. Debemos marcar límites y objetivos claros que le permitan diferenciar qué está bien y qué está mal, pero uno de los errores más frecuentes de padres y madres es excederse en la tolerancia. Y entonces empiezan los problemas. Hay que llegar a un equilibrio.

 ¿Cómo conseguirlo para tener autoridad?  El padre o la madre que primero reconoce no saber qué hacer ante las conductas disruptivas de su pequeño y que, después, siente que ha perdido a su hijo adolescente, no puede disfrutar de una buena calidad de vida, por muy bien que le vaya económica, laboral y socialmente, porque ha fracasado en el “negocio” más importante: la educación de sus hijos.

Lo importante es que, tras un periodo de reflexión, los padres consideren, en cada caso, las actuaciones que pueden ser más negativas para la educación de sus hijos, y traten de ponerles remedio. Estos son los principales errores que, con más frecuencia, debilitan y disminuyen la autoridad de los padres:

• La permisividad. Es imposible educar sin intervenir. El niño, cuando nace, no tiene conciencia de lo que es bueno ni de lo que es malo. No sabe si se puede rayar en las paredes o no. Los adultos somos los que hemos de decirle lo que está bien o lo que está mal. Los niños necesitan referentes y límites para crecer seguros y felices.

Ceder después de decir no. Una vez que usted se ha decidido a actuar, la primera regla de oro a respetar es la del no. El no es innegociable. Nunca se puede negociar el no, y perdone que insista, pero es el error más frecuente y que más daño hace a los niños. Cuando vayas a decir no a tu hijo, piénsalo bien, porque no hay marcha atrás.

**Si ya les ha dicho a su hijo que hoy no verá la televisión, porque ayer estuvo más tiempo del que debía y no hizo los deberes, tu hijo no puede ver la televisión aunque te lo pida de rodillas y por favor, con cara suplicante, llena de pena, otra oportunidad. Hay niños tan entrenados en esta parodia que podrían enseñar mucho a las estrellas del cine y del teatro.

• En cambio, el sí, sí se puede negociar. Si piensas que el niño puede ver la televisión esa tarde, negocia con él qué programa y cuanto rato.

• El autoritarismo. Es el otro extremo del mismo palo que la permisividad. Es intentar que el niño/a haga todo lo que el padre quiere anulándole su personalidad. El autoritarismo sólo persigue la obediencia por la obediencia. Su objetivo no es una persona equilibrada y con capacidad de autodominio, sino hacer una persona sumisa, esclavo sin iniciativa, que haga todo lo que dice el adulto. Es tan negativo para la educación como la permisividad.

• Falta de coherencia. Ya hemos dicho que los niños han de tener referentes y límites estables. Las reacciones del padre/madre han de ser siempre dentro de una misma línea ante los mismos hechos. Nuestro estado de ánimo ha de influir lo menos posible en la importancia que se da a los hechos. Si hoy está mal rayar en la pared, mañana, también.

• Igualmente es fundamental la coherencia entre el padre y la madre. Si el padre le dice a su hijo que se ha de comer con los cubiertos, la madre le ha de apoyar, y viceversa. No debe caer en la trampa de: “Déjalo que coma como quiera, lo importante es que coma”.

• Gritar. Perder el control y la cordura. A veces es difícil no perderlos. De hecho todo educador sincero reconoce haberlos perdido alguna vez en mayor o menor medida. Perder la cordura supone un abuso de la fuerza que conlleva una humillación y un deterioro de la autoestima para el niño. Además, a todo se acostumbra uno. El niño también a los gritos a los que cada vez hace menos caso: Perro ladrador, poco mordedor. Al final, para que el niño hiciera caso, habría que gritar tanto que ninguna garganta humana está concebida para alcanzar la potencia de grito necesaria para que el niño reaccionase.

• Gritar conlleva un gran peligro inherente. Cuando los gritos no dan resultado, la ira del adulto puede pasar fácilmente al insulto, la humillación e incluso los malos tratos psíquicos y físicos, lo cual es muy grave. Nunca debemos llegar a este extremo. Si los padres se sienten desbordados, deben pedir ayuda: tutores, psicólogos, escuelas de padres…

• No cumplir las promesas ni las amenazas: El niño aprende muy pronto que cuanto más promete o amenaza un padre/madre menos cumple lo que dicen. Cada promesa o amenaza no cumplida es un girón de autoridad que se queda por el camino. Las promesas y amenazas deber ser realistas, es decir fáciles de aplicar. Un día sin tele o sin salir, es posible. Un mes es imposible.

• No negociar. No negociar nunca implica rigidez e inflexibilidad. Supone autoritarismo y abuso de poder, y por lo tanto incomunicación. Un camino ideal para que en la adolescencia se rompan las relaciones entre los padres y los hijos.

• No escuchar. Muchos padres se quejan de que sus hijos no los escuchan. Y el problema es que ellos no han escuchado nunca a sus hijos. Los han juzgado, evaluado y les han dicho lo que habían de hacer, pero escuchar… nunca

• Exigir éxitos inmediatos. Con frecuencia, los padres tienen poca paciencia con sus hijos. Querrían que fueran los mejores… ¡ya! Con los hijos olvidan que nadie ha nacido enseñado. Y todo requiere un periodo de aprendizaje con sus correspondientes errores. Esto que admiten en los demás no pueden soportarlo cuando se trata de sus hijos, en los que sólo ven las cosas negativas y que, lógicamente, “para que el niño aprenda” se las repiten una y otra vez.

Ahora que sabemos lo que hemos de evitar, algunos consejos y “trucos” sencillos pueden aligerar este problema, ofrecer un desarrollo equilibrado a los hijos y proporcionar paz a las personas y al hogar. **Estos consejos sólo requieren, por un lado, el convencimiento -muy importante- de que son efectivos y, por otro, llevarlas a la práctica de manera constante y coherente. Algunas de estas técnicas ya las comenté antes  al hablar de los errores, y ya no insistiré en ellas. Me limitaré a enunciar brevemente, actuaciones concretas y positivas que ayudan a tener prestigio y autoridad positiva ante los hijos:

• Tener unos objetivos claros de lo que pretendemos cuando educamos. Es la primera condición sin la cual podemos dar muchos palos de ciego. Estos objetivos han de ser pocos, formulados y compartidos por la pareja, de tal manera que los dos se sientan comprometidos con el fin que persiguen. Requieren tiempo de comentario, incluso, a veces, papel y lápiz para precisarlos y no olvidarlos. Además deben revisarse si sospechamos que los hemos olvidado o ya se han quedado desfasados por la edad del niño o las circunstancias familiares.

• Enseñar con claridad cosas concretas. Al niño no le vale decir “sé bueno”, “pórtate bien” o “come bien”. Estas instrucciones generales no le dicen nada. Lo que sí le vale es darle con cariño instrucciones concretas de cómo se coge el tenedor y el cuchillo, por ejemplo

• Dar tiempo de aprendizaje. Una vez hemos dado las instrucciones concretas y claras, las primeras veces que las pone en práctica, necesita atención y apoyo mediante ayudas verbales y físicas, si es necesario. Son cosas nuevas para él y requiere un tiempo y una práctica guiada.

• Valorar siempre sus intentos y sus esfuerzos por mejorar, resaltando lo que hace bien y pasando por alto lo que hace mal. Pensemos que lo que le sale mal no es por fastidiarnos, sino porque está en proceso de aprendizaje. Al niño, como al adulto, le encanta tener éxito y que se lo reconozcan.

• Dar ejemplo para tener fuerza moral y prestigio. Sin coherencia entre las palabras y los hechos, jamás conseguiremos nada de los hijos. Antes, al contrario, les confundiremos y les defraudaremos. Un padre no puede pedir a su hijo que haga la cama si él no la hace nunca.

• Confiar en nuestro hijo. La confianza es una de las palabras clave. La autoridad positiva supone que el niño tenga confianza en los padres. Es muy difícil que esto ocurra si el padre no da ejemplo de confianza en el hijo.

• Actuar y huir de los discursos. Una vez que el niño tiene claro cuál ha de ser su actuación, es contraproducente invertir el tiempo en discursos para convencerlo. Los sermones tienen un valor de efectividad igual a 0. Una vez que el niño ya sabe qué ha de hacer, y no lo hace, actúe consecuentemente y aumentará su autoridad.

• Reconocer los errores propios. Nadie es perfecto, los padres tampoco. El reconocimiento de un error por parte de los padres da seguridad y tranquilidad al niño/a y le anima a tomar decisiones aunque se pueda equivocar, porque los errores no son fracasos, sino equivocaciones que nos dicen lo que debemos evitar. Los errores enseñan cuando hay espíritu de superación en la familia. Enséñale cómo reconocer y pedir disculpas cuando tú te has equivocado.

Todas estas recomendaciones pueden ser muy válidas para tener autoridad positiva o totalmente ineficaces e incluso negativas. Todo depende de dos factores, que si son importantes en cualquier actuación humana, en la relación con los hijos son absolutamente imprescindibles: amor y sentido común.

El amor hace que las técnicas no conviertan la relación en algo frío, rígido e inflexible y, por lo tanto, superficial y sin valor a largo plazo. El amor supone tomar decisiones que a veces son dolorosas, a corto plazo, para los padres y para los hijos, pero que después dejan un buen sabor de boca y un bienestar interior en los hijos y en los padres.

Pero ¿cómo saber qué técnica aplicar en determinada circunstancia? El sentido común es lo que hace que se aplique la técnica adecuada en el momento preciso y con la intensidad apropiada, en función del niño, del adulto y de la situación en concreto. Un adulto debe tener sentido común y si en algún momento tiene dudas, debe buscar ayuda para tener las ideas claras antes de actuar.

Por último, te recuerdo que puedes seguirme como Dra. Descanso ® a cualquiera de mis redes sociales o ingresando a mi blog  http://www.doctoradescanso.com

Psic. Alicia D de P

Doctora Descanso ®

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FUENTE:

JOHN PEARCE, “Berrinches, enfados y pataletas” Editorial Piados. Barna 1995

JOHN PEARCE, “Ansiedades y miedos” Editorial Piados. Barna 1995 – STEPHEN GARBER “Portarse bien” Ediciones Medici. Barcelona 2001

ALVAREZ PILLADO y otros “Desarrollo de las habilidades sociales en niños de 3-6 años” Editorial Visor. Madrid 1997

VALLÉS ARANDIGA, A. “La inteligencia emocional de los hijos. Como desarrollarla2itorial OS. Madrid

ORJALES, Isabel “Déficit de atención con hiperactividad” Edit. CEPE. Madrid

https://www.edu.xunta.gal/centros/ceipisaacperal/system/files/COMO%20MEJORAR%20LAS%20CONDUCTAS%20DE%20SU%20HIJO3.pdf

2001 – REYNOLD BEAN “Cómo ser mejores padres” Editorial Debate. Madrid 1998“DÍAZ MORFA y otros “El gran libro de la sexualidad” Editorial LIBSA Madrid 2002

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