DEJA DE GRITAR A TUS HIJOS

No le grites a tus hijos

Recomendaciones de la @DoctoraDescanso

Todos conocemos la importancia de educar a nuestros hijos desde el respeto y sabemos también que existen multitud de recursos y herramientas para no necesitar castigarles ni gritarles. Entonces, ¿por qué les gritamos?

  • Para que “nos te presten atención”: cuando los llamas y los vuelves a llamar y no vienen, cuando les gritas y les explicas y no escuchan, y cuando les gritas, por fin te toman en serio.
  • Porque nos ayuda a desahogarnos (a pesar de que manifestar que no estamos logrando  manejar nuestras emociones correctamente)
  • Porque así lo hemos aprendido: pues a la mayoría nos han educado así, es decir,  y podemos llegar a repetir el patrón educativo de nuestros padres y pensar que utilizar los gritos sirve manejar el comportamiento inadecuado de los niños. Aunque cuesta desprenderse de lo aprendido, ahora, convertidos en adultos, ¿somos incapaces de usar otras herramientas, otras alternativas más útiles y respetuosas?

A pesar de ello, los tiempos han cambiado y eso nos lleva a que como padres sepamos que no estamos haciendo bien gritando y perdiendo el control, y esto nos lleva a preguntamos el por qué es tan fácil perder los nervios y la paciencia en casa con nuestros hijos, pero… ¿cómo cambiarlo si el niño se ha portado mal o no reacciona a las cosas que se le dicen en casa?  El primer paso es tanto reflexionar sobre las consecuencias de gritarles, como el  analizar de dónde vienen estos gritos y qué provocan en el círculo familiar, con la finalidad de cambiar esta conducta de una vez por todas.

Ahora bien, ¿cuáles son las consecuencias de gritarles a nuestros hijos?

1. Los gritos continuados, tienen un impacto en el cerebro humano y en el propio desarrollo neurológico del niño ya que el acto de “gritar” tiene una finalidad muy concreta en todas las especies, que es la de alertar de un peligro. Nuestro sistema de alarma se activa y se libera cortisol, esa hormona del estrés que tiene como finalidad poner las condiciones físicas y biológicas necesarias para huir o pelear.

El hipocampo, esa estructura cerebral relacionada con las emociones y la memoria, tendrá un tamaño más reducido. También el cuerpo calloso (punto de unión entre los dos hemisferios) recibirá menos flujo sanguíneo, afectando así a su equilibrio emocional, a su capacidad de atención y otros procesos cognitivos. Por tanto, si estamos permanentemente gritando, provocamos una liberación excesiva y permanente de cortisol que lleva al niño en un estado de estrés y alarma constante, en una situación de angustia que le impide pensar con claridad, por lo que no obedece que es nuestro objetivo.

**Investigaciones han comprobado los efectos de esa violencia verbal sobre los niños y encontraron que quienes reciben gritos son muy propensos a manifestar diversos problemas de conducta. Los problemas van desde discusiones con compañeros, dificultades en el rendimiento escolar, mentiras a los padres, peleas en el colegio, hasta robos en tiendas y síntomas de tristeza repentina y depresión.

2. Gritar a nuestros hijos puede afectar su autoestima: Los gritos transmiten un mensaje de poca paciencia y tolerancia. Cuando nos desesperamos por algo tendemos a subir el tono de voz y a pedir las cosas a gritos. Pero gritar a nuestros hijos puede enviar el mensaje de que están haciendo las cosas mal. Esto, aunque tiene la intención de que nos obedezcan, les hace sentir que no están a la altura de nuestras expectativas.

Cuando la situación es constante, se les transmite a los niños una idea equivocada. Pueden llegar a creer que, hagan lo que hagan, no lo harán bien. Que nunca estaremos satisfechos, y que no podrán hacer nada para hacernos felices. El sentimiento de no hacer las cosas bien y de merecer los gritos es probable que acompañe a nuestros hijos toda su vida.

3. Gritar convierte a los niños en sordos: cualquier explicación o aprendizaje que queramos darles con el grito será inútil, porque los oídos de nuestros hijos se cierran automáticamente después de oírlo. Después de una interacción negativa nadie está dispuesto a escuchar con verdadera atención y con ganas de aprender y mejorar, eso solo se consigue con interacciones positivas. Si queremos hacer mejores a nuestros hijos, no lo conseguiremos a gritos.

4. Gritar los aleja: Cada vez que les gritamos, ponemos una piedra de un muro que nos separa. Perdemos autoridad positiva, perdemos respeto, perdemos comunicación, ganamos distancia, ganamos frialdad en las relaciones, ganamos más gritos y ganamos malestar emocional.

5.  Gritar les enseña a lidiar de forma errónea con sus emociones: Como siempre lo digo y recalco, debemos ser el ejemplo de nuestros hijos. Cuando gritamos y perdemos la paciencia constantemente, esto implica que hay situaciones que nos desbordan. El mensaje que les trasmitimos es que no somos capaces de controlarnos. Los pequeños aprenden que gritar es una respuesta apropiada al estrés.  Ellos absorben esta forma de actuar, y es probable que la imiten en el futuro.

Si queremos que ellos identifiquen, conozcan y manejen sus emociones, debemos entonces entender que es nuestra responsabilidad, por lo tanto, aprender a lidiar con nuestras emociones. A pesar de que sintamos miedo, cansancio o enfado, debemos controlarnos frente a los pequeños. Gritar a nuestros hijos debido al estrés que experimentamos solo les enseña que la ira es una motivación suficiente para tratar mal a los demás.

No es su culpa que nos sintamos alterados o angustiados cada vez que dan un paso. Por más que nos cueste, es importante alentarles a explorar y descubrir quiénes son realmente. Nuestro papel es acompañarlos en sus aventuras mientras toleramos nuestra angustia. Es necesario que descubramos de dónde vienen nuestras emociones negativas. Cada padre y/o madre o figura de autoridad es responsable de su salud y cuidado y de trabajar y protegerse para canalizar todo lo que le desborda de la manera más asertiva.

Ahora bien ¿se puede salir de esta situación?  La respuesta es sí, y el camino comienza por armarse de paciencia y abandonar los gritos, ya sea en casa o fuera del hogar, ya que nunca conducen a nada positivo. Se debe trabajar para tener estrategias alternativas a los gritos; y sobre todo hay que educar en el respeto y el ejemplo.

Entonces, en momentos en los que nos sentimos desbordados y estamos a punto de perder el control, tenemos que aplicar estrategias de autocontrol, tales como:

  • Reconocer que gritar es perder el control, por lo que tenemos que parar, mantener la calma y reflexionar
  • Detectar los pensamientos hostiles que alimentan el enfado
  • Entender, empatizar con paciencia y cercanía
  • Buscar distracciones: disminuir la activación fisiológica de la ira
  • Buscar la forma de canalizar la energía hacia un fin más productivo… ¿haces ejercicio todos los días? Por lo menos entre semana y no hablo de la actividad de tus obligaciones, hablo de ese tiempo para cuidarte, de dedicar un tiempo exclusivo a ejercitarte.
  • Dormir lo necesario, un descanso de calidad
  • Alimentarse sanamente
  • Y siguiendo los siguientes pasos:
  1. Adquirir un compromiso: será como un pacto de familia donde nos comprometemos a dejar de gritar y a hablar con respeto. Diremos a nuestros hijos que estamos aprendiendo a hacerlo y que nos tendrán que ayudar, que es probable que cometamos errores pero que si tienen paciencia cada vez lo haremos mejor.
  2. Nuestro trabajo como padres es controlar nuestras emociones: con el manejo de nuestras emociones les enseñamos a controlar las suyas. Si somos un buen ejemplo, ellos serán mejores. Por lo tanto, debemos empezar a trabajar con nuestras emociones, lo que sentimos, lo que transmitimos y como lo controlamos. Es un entrenamiento que requiere tiempo y esfuerzo.
  3. Recordar que los niños deben actuar como niños: son cientos las veces que he oído decir a los padres en consulta: Es que tengo que repetirle mil veces que se vista. Cada mañana es la misma historia. Está claro que le gusta verme enfadado/a. ¿Cuántos años tiene su hijo/a? Cinco años. Yo creo que ya sabe lo que debe hacer pero solo piensa en jugar. Ante esto, yo siempre digo lo mismo: lo que realmente me preocuparía es que usted se sentara en esa silla y me dijera que su hijo/a de cinco años se viste solo/a cada mañana sin necesidad de que usted le recuerde lo que debe hacer. Porque entonces seguro que habría algún problema. Los niños deben jugar, es lo que les toca a esa edad y nosotros somos los encargados de recordarles cada día sus obligaciones. Es nuestro trabajo de padres. Si nuestro jefe nos dijera que cada día tenemos que recordar al conserje que debe encender la luz, lo haríamos a diario, sin pensar si el conserje lo debería hacer por si solo o no. Pues con nuestros hijos es lo mismo, cada día debemos recordarles las mismas cosas hasta que adquieran el hábito y entonces tendremos que recordarles las siguientes. Es un trabajo que nunca acaba.
  • Dejar de reunir leña: cuando tienes un mal día, cualquier chispa encenderá el fuego. Date un momento, haz algo que te haga sentir mejor y deja de reunir leña para el fuego. En algún momento tienes que parar.
  • Ofrecer empatía cuando tu hijo expresa cualquier emoción: cualquier emoción, buena o mala, debe ser escuchada. Para mostrar empatía debemos hacer entender a nuestro hijo que entendemos cómo se siente. Así aprenderán a aceptar sus propios sentimientos que es el primer paso para aprender a manejarlos. Una vez que los niños pueden manejar sus emociones, podrán manejar también su comportamiento.
  • Trata con respeto a tu hijo: cuando los niños son tratados con respeto sienten más ganas de portarse bien y de tratar con respeto a los demás. Simplemente debes entender que tu hijo merece tu respeto más que cualquier otra persona.
  • Cuando te enojas, STOP: para, cierra la boca. No hagas nada ni tomes decisiones. Respira hondo. Si ya estás gritando para en medio de la frase. No sigas hasta que no estés tranquilo. Hablar, castigar o actuar cuando uno está enojado aumenta notablemente la probabilidad de tomar malas decisiones, de gritar en vez de hablar, de usar castigos exagerados y poco educativos y actuar de manera desproporcionada.  Le invitamos a leer nuestro post las 10 claves para usar bien el castigo.
  • Respira y date cuenta de tus sentimientos: Cuando te enfades con tu hijo/a y sientas ira y rabia, aléjate de la situación si es posible y respira. Lávate la cara y piensa en lo que hay debajo de esa ira que suele ser miedo, tristeza y decepción. Date un espacio para sentirlo y llora si así lo sientes, después verás como la ira desaparece.
  1. Encuentra tu propia sabiduría: analiza la situación de manera objetiva. Ahora que ya no sientes ira, será más fácil. Piensa en qué quieres conseguir y cuál es la mejor manera de hacerlo. Quieres que tu hijo te obedezca, ten paciencia y repite la norma las veces que haga falta, incluso ayúdale físicamente a hacerlo, toma su mano y guía sus pasos. Quieres que tu hijo te respete, enséñales con el ejemplo. Quieres educar bien a tu hijo, hazlo desde el reconocimiento y desde el afecto no desde los gritos y los castigos. Fija tus objetivos y fija también tus pasos. Los aprendizajes requieren tiempo y paciencia, tu hijo no lo puedo aprender todo a la primera, más bien es al contrario, no aprenderá nada a la primera.
  • Adopta medidas positivas, busca un lugar tranquilo todos hemos vivido esos momentos de tensión en casa, momentos que generan un gran malestar emocional y que cada movimiento no hace más que aumentar la tensión. Unos gritan, otros lloran, nadie hace lo que debe hacer y parece que nada puede parar esa ira. ¿Qué podemos hacer?
  • Pide a tu hijo un time-out: tiempo fuera. Uno en cada sitio hasta que se desvanezca la ira.
  • Pídele disculpas: ayuda a tu hijo a gestionar la rabia que siente, que se sienta comprendido, explícale que tú también te sientes así a veces. Busca un lugar tranquilo donde esconderse, debajo de una gran sábana para dejar pasar de largo la ira y la rabia. Lee un cuento tras otro, hasta que se desvanezca la rabia. A veces, basta con dar un paso para ayudar a nuestro hijo a que se sienta mejor para que la ira desaparezca.

Ayudando a nuestros hijos a gestionar bien sus emociones, aprenderemos mucho de las nuestras y seguro que esto nos hará a todos mucho mejores.

Si es difícil para ti aplicar esas estrategias y el grito se convierte en un patrón habitual de relación con tus hijos es el momento de pedir ayuda psicológica.

En definitiva, ejercer la parentalidad con disciplina pero con amor requiere de un trabajo diario. No existe una clave mágica que nos sirva en todas las situaciones y con todos los niños, pero existen cuestiones importantes a tener en cuenta tales como compartir nuestro tiempo con ellos, establecer órdenes coherentes y cumplirlas, identificarnos como figuras de apoyo incondicionales y favorecer que asuman aquellas responsabilidades que están a su alcance por su nivel de desarrollo.

FUENTE:

https://www.abc.es/familia/padres-hijos/abci-pasa-cerebro-hijos-cuando-gritas-201802122116_noticia.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.google.com%2F

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